SAN CONRADO DE PIACENZA: DEL ERROR HUMANO A LA SEMILLA DE SANTIDAD.








Conrado nació en 1290 en Calendasco, Señorío de Milán en el Sacro Imperio Romano Germánico, pertenecía a una noble familia de Piacenza, la ciudad natal de su mujer, a la que amaba tiernamente.

Un día en que se hallaba de cacería, Conrado ordenó a sus servidores que prendieran fuego a un matorral para hacer salir la pieza; desgraciadamente el viento propagó el fuego a los sembradíos, y el incendio se extendió hasta las poblaciones de las proximidades. Incapaz de extinguir las llamas, Conrado retornó furtivamente a su casa con sus compañeros, sin decir a nadie la causa del desastre. Un pobre hombre que se hallaba recogiendo leña en los alrededores fue acusado de incendiario y sentenciado a muerte.

Al enterarse de la noticia, Conrado sintió gran remordimiento y acudió al punto a salvar al acusado y a entregarse a la justicia. Las autoridades le condenaron a pagar los daños que había causado por su negligencia. Para ello, Conrado tuvo que vender casi todas sus posesiones y la dote de su esposa.  

El suceso les llevó a reflexionar seriamente y ambos llegaron a la conclusión de que aquello había sido providencial. Repartieron, pues, entre los pobres lo poco que les quedaba y, en tanto que la esposa de Conrado tomó el velo en un convento de Clarisas Pobres, éste vistió el hábito de peregrino e ingresó en una comunidad de ermitaños que seguían la regla de la tercera orden de San Francisco.

 A partir de entonces, Conrado llevó una vida de extraordinaria piedad, y su fama empezó pronto a atraer a sus antiguos conciudadanos. En vista de ello, Conrado decidió buscar la soledad en otra parte y se dirigió a Sicilia, al valle de Noto, donde habitó treinta años, algunos, en el Hospital de San Martín y otros en una comunidad de ermitaños fundada por Guillermo Bocherio, otro noble que se había hecho anacoreta. Hacia el fin de su vida, San Conrado se retiró a la gruta de Pizzoni, a cinco kilómetros de Noto, donde falleció el 19 de febrero de 1351. Conrado es recordado como ejemplo de conversión radical, humildad y reparación. Su vida muestra como un error puede transformarse en ocasión de entrega total a Dios.

Este texto ha sido tomado y adaptado de el libro Vida de los Santos de Alban Butler, traducida por el Padre Wifredo Guinea S.J.(editorial Jhon W. Clute, México, 1965), se trata de una obra imprescindible para quienes buscan inspiración en estos tiempos en que la falta de valores y de visión cristiana parece ser moneda corriente. Los Santos nos muestran el camino: son faros de Luz que iluminan la oscuridad y nos recuerdan que la fe y la esperanza siguen vivas. Más aún, sus vidas son ejemplos concretos que nos invitan a revivir y poner en práctica las enseñanzas de Cristo en el Evangelio, recordándonos que la santidad es posible en medio de nuestra realidad cotidiana.

REFLEXION FINAL 

Reconocer un error no nos disminuye, sino que nos engrandece. San Conrado nos recuerda que la verdadera nobleza no está en la perfección, sino en la humildad de aceptar nuestras faltas y en la valentía de reparar el daño causado. Cada paso de conversión, cada acto de reparación, abre un camino más puro hacía Dios. Así lo que comenzó como una caída se transforma en ocasión de gracia: la herida se vuelve puerta de encuentro y el error, semilla de santidad.










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